martes, 13 de octubre de 2026

El peón que dejó de bailar.

Holas. Espero no molestarte mientras estas leyendo... pero quiero contarte la historia del peón Facundo. Le encantaba el ajedrez. Le gustaba avanzar, defender a sus compañeros, atacar a los caballos enemigos y, sobre todo, le encantaba llegar a la octava fila. Le emocionaba tanto que se inventó un baile para festejarlo.

Daba tres saltitos hacia la izquierda, dos hacia la derecha, giraba sobre sí mismo y terminaba moviendo la cabeza mientras gritaba:

**«¡PEÓN, PEÓN, CAMPEÓN!»**

No era un baile profesional, todo hay que decirlo.pero era su baile. Y le encantaba

Y como había conseguido coronar varias veces, sus compañeros ya conocían perfectamente aquel espectáculo

Un día, después de una partida, el peón Carlos le dijo:

—¡Eh, Facundo! ¡Haz otra vez tu baile de la gallina!

Todos se echaron a reír.

Facundo también.

—¡No es el baile de la gallina! ¡Es el baile del campeón!

Y volvió a hacerlo, esta vez exagerando todavía más los movimientos.

Todos se rieron a carcajadas.

Fue una tarde estupenda.

Al día siguiente, Facundo volvió a coronar.

—¡Atención! —gritó otro peón—. ¡Que viene la gallina bailarina!

Todos se rieron.

Facundo hizo su baile, aunque esta vez no le hizo tanta gracia el comentario.

—¡Que no soy una gallina!

—¡Cocococó! —respondió otro.

Más risas.

Facundo se enfadó un poquito, pero pronto se le pasó.

Después de todo, eran sus amigos.

Sin embargo, con el paso de los días, las bromas comenzaron a cambiar.

Ya no necesitaba coronar para que alguien empezara a imitarlo.

Cuando avanzaba una casilla:

—¡Cuidado, que empieza a bailar!

Cuando capturaba una pieza:

—¡Cocococó!

Cuando cometía un error:

—¡Normal, si está pensando en su baile!

Incluso cuando estaba tranquilamente en su casilla inicial, alguno se acercaba para dar tres saltitos a la izquierda y dos a la derecha.

Todos se reían.

Bueno, todos menos Facundo.

Un día, Facundo se cansó.

—¡Ya está bien! ¡Dejad de llamarme gallina!

Los otros peones se quedaron sorprendidos.

—¡Uy, qué carácter!

—¡Pero si solo estamos bromeando!

—¡No hemos hecho nada!

—¡Además, tu baile sí que parece el de una gallina!

Facundo intentó explicarles que no le gustaba.

Pero cuanto más protestaba, más se reían.

—¡Mirad, ahora la gallina se ha enfadado!

Al final se marchó a su casilla sin decir nada.

Al día siguiente volvieron a llamarlo gallina.

Y al siguiente.

Y al siguiente también.

Una tarde, después de una partida muy emocionante, Facundo consiguió llegar a la octava fila.

¡Había coronado!

Sus compañeros esperaban el famoso baile.

Pero Facundo no hizo nada.

Simplemente cambió su figura por una dama y se quedó quieto.

—¡Eh, Facundo! ¿Y el baile?

—No me apetece.

—¡Venga, hombre! ¡Haz el baile de la gallina!

—No.

—¡Qué aburrido te has vuelto!

Facundo bajó la cabeza.

Ya no quería bailar.

En realidad, últimamente tampoco tenía muchas ganas de jugar.

Antes llegaba corriendo al tablero. Ahora se quedaba atrás.

Antes hablaba con todos. Ahora apenas decía nada.

Antes soñaba con llegar a la octava fila.

Ahora le daba igual.

Y lo más extraño era que ninguno de sus compañeros comprendía qué había ocurrido.

—Facundo está muy raro últimamente —comentó uno.

—Sí, ya no sabe divertirse —respondió otro

Pero había un peón que sí había notado algo.

Se llamaba Diego.

Diego no era especialmente valiente ni especialmente listo. Era un peón bastante normal, de esos que avanzan una casilla cada vez y procuran no meterse en líos.

Nunca había participado demasiado en las bromas contra Facundo, aunque alguna vez también se había reído.

Una tarde encontró a Facundo sentado, completamente solo, junto a una esquina del tablero.

—¡Hola, Facundo! ¿No juegas hoy?

—No tengo ganas.

—Últimamente nunca tienes ganas. Y hace mucho que no haces tu baile.

—Es una tontería de baile.

Diego se sentó a su lado.

—Pues a mí me gustaba.

Facundo se encogió de hombros.

—A los demás no. Siempre se ríen de mí.

—Bueno, al principio tú también te reías, ¿no?

—Sí, al principio era divertido. Pero ahora es todo el tiempo. Cuando juego, cuando no juego, cuando gano, cuando pierdo... Siempre están con lo mismo.

—¿Y no les has dicho que paren?

Facundo lo miró con tristeza.

—Muchas veces. Pero siempre me contestan que solo es una broma. Y si me enfado, todavía se ríen más.

Diego guardó silencio.

—¿Y por qué no se lo has contado a alguien?

—¿Contar qué? ¿Que me llaman gallina? ¿Que se ríen de mi baile? Son tonterías, ¿no?

Diego no supo qué responder.

Facundo continuó:

—Es que no es una sola broma, Lucas. Es todos los días. Todos. Y ya estoy cansado.

Por primera vez, Diego comprendió que su compañero no estaba simplemente enfadado.

Estaba triste. Muy triste.

Y llevaba mucho tiempo estándolo.

Al día siguiente, Lucas se acercó a Carlos, que era uno de los que más bromas gastaba a Facundo.

—Oye, Carlos, ¿te puedo preguntar algo?

—Claro.

—¿Te has dado cuenta de que le estás haciendo daño a Facundo?

Carlos abrió mucho los ojos.

—¿Yo? ¡Pero si no le he hecho nada!

—Siempre te estás riendo de él.

—¡Porque hace un baile ridículo! ¡Además, son bromas!

—Pero a él ya no le hacen gracia.

—¡Pues que aprenda a aguantar bromas!

Diego lo observó unos segundos.

—Carlos, ¿a ti te gustaría que todos los días se rieran de ti?

Carlos soltó una carcajada.

—¡Pero si eso ya me pasa!

 Diego se quedó sorprendido.

—¿Cómo?

—Los caballos siempre se meten conmigo. Me llaman «Patitas Cortas» porque ellos pueden saltar y yo no. Y los alfiles me dicen «Tortuga» porque solo avanzo una casilla.

—¿Y no te molesta?

—Bueno... a veces.

—¿Y qué haces?

—Nada. Si protesto, se ríen más. Así que me aguanto.

Diego se quedó pensando.

—¿Y nunca les has pedido que paren?

—Claro que sí. Pero me dicen que no sea tan delicado. Que son bromas. Al final te acostumbras.

Diego lo miró con atención.

—Carlos.. ¿te das cuenta de que estás haciendo exactamente lo mismo con Facundo?

Carlos dejó de sonreír.

—¿Cómo que lo mismo?

—Los caballos se ríen de ti. Tú les pides que paren y no te hacen caso. Y luego tú te ríes de Facundo, él te pide que pares y tampoco le haces caso.

Carlos permaneció callado.

—Pero... yo no quería hacerle daño.

—Puede que los caballos tampoco crean que te hacen daño a ti.

Carlos bajó la mirada.

Por primera vez se preguntó si aquello que siempre había considerado normal era realmente tan normal.

—Entonces, ¿ya no podemos gastar bromas? —preguntó Carlos

—¡Claro que podemos! —respondió Diego—. ¿Te acuerdas de la primera vez que Facundo hizo su baile?

—¡Sí! ¡Fue divertidísimo!

—¿Y él se reía?

—¡Muchísimo!

—Eso era una broma. Todos os divertíais.

Carlos asintió.

—Pero después empezasteis a imitarlo continuamente. Y a él empezó a molestarle. Eso ya era un pique.

—Bueno, sí...

—Y cuando os pidió que pararais, seguisteis. Todos los días. Siempre contra él. Hasta que dejó de protestar y de hacer las cosas que le gustaban.

Carlos miró hacia el otro extremo del tablero, donde Facundo estaba sentado en silencio.

—¿Y eso cómo se llama? —preguntó.

—Bullying. Acoso.

Carlos tragó saliva.

—Pero yo no soy un abusón.

—No estoy diciendo que seas una mala persona, Carlos. Estoy diciendo que estás haciendo algo que le hace daño a otro.

Carlos tardó un rato en responder.

—¿Sabes una cosa, Diego? Yo pensaba que si a mí me tocaba aguantar las bromas de los caballos, Facundo también tenía que aguantar las nuestras.

—Pues quizás ninguno de los dos tenga que aguantarlas.

Carlos se quedó pensativo.

Nunca se le había ocurrido aquello.

Aquella misma tarde, Carlos se acercó a Facundo.

—Oye... Facundo.

—¿Qué quieres?

—Quería decirte que... bueno... siento haberme reído tanto de ti.

Facundo no contestó.

—No sabía que te molestaba tanto.

—Te lo dije muchas veces, Carlos.

Carlos bajó la cabeza.

—Es verdad. Pero no te escuché.

Hubo un silencio incómodo.

—No voy a volver a llamarte gallina —añadió Carlos

Facundo asintió ligeramente.

No sonrió.

Todavía no.

Durante los días siguientes, Carlos cumplió su palabra. Y cuando alguno de los otros peones empezaba con las bromas, les pedía que pararan.

Diego también estuvo más pendiente de Facundo y, cuando vio que las burlas no desaparecían del todo, decidió pedir ayuda a una pieza adulta de confianza.

Carlos, por su parte, se atrevió a contar lo que le ocurría con los caballos.

Poco a poco, las cosas empezaron a mejorar.

Facundo volvió a participar en las partidas, aunque seguía siendo más callado que antes.

Porque cuando alguien lleva mucho tiempo sufriendo, no recupera la alegría de un día para otro.

Pasaron varias semanas.

Una tarde, en una partida especialmente emocionante, Facundo consiguió avanzar hasta la octava fila.

¡Había coronado!

Todos los peones lo miraron.

Facundo se quedó inmóvil.

Diego sonrió, pero no dijo nada.

Carlos tampoco.

Nadie le pidió que bailara.

Nadie hizo el sonido de una gallina.

Facundo miró a sus compañeros.

Y entonces, muy despacito, dio un pequeño saltito hacia la izquierda.

Luego otro.

Y otro más.

Dos saltitos hacia la derecha.

Una vuelta sobre sí mismo.

Y, con una enorme sonrisa, gritó:

—¡¡¡PEÓN, PEÓN, CAMPEÓN!!!**

Los demás comenzaron a aplaudir.

Y Carlos fue el primero en gritar:

—¡Bravo, Facundo!

Esta vez nadie se reía de él.

Se alegraban con él.

Y Facundo volvió a bailar.




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 Una pequeña reflexión

A veces el bullying no empieza con insultos terribles ni grandes peleas. A veces empieza con una broma que se repite demasiado, siempre contra la misma persona.

A veces quien hace daño ni siquiera se da cuenta, porque ha aprendido a considerar normales las burlas que él mismo recibe.

Y a veces quien sufre deja de protestar, no porque las bromas hayan dejado de dolerle, sino porque ya no tiene fuerzas para defenderse.

Por eso es tan importante fijarse en los demás, escuchar cuando alguien nos pide que paremos y buscar ayuda cuando vemos que alguien está sufriendo.

Porque una broma es para reírse juntos, no para que uno se divierta a costa de otro.

Y porque, en el ajedrez y en la vida, todos los peones merecen llegar a la octava fila, bailando como les dé la gana.


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